P O P U L A C H E R O

Análisis incesante de los discursos populares que nos rodean

El último rebelde

con un comentario

I

Cuando era niño tenía muchas intuiciones claras, perfectas, que no podía expresar en mi limitado lenguaje infantil, pero que consistentemente resultaban ser ciertas.

Ya de “viejo” las entiendo o por lo menos las puedo formular “sofisticadamente”. Algo que tenía claro desde muy pequeño es que quería ser un rebelde. Sólo que no tenía idea de que significaba serlo y no tenía a quién preguntarle. Porque una de las cosas que no entendemos de niños es que los adultos realmente no saben nada, pero desarrollan formas muy efectivas de ocultarlo. Así que en la cantidad de tiempo libre que me dejaba el no tener amigos (tranquilos, no lloren por mí, que de eso no va este post) empecé a explorar patafísicamente la naturaleza de la rebeldía. En el camino, puedo decir con un poco de melancolía, no cometí tantos errores como debiera -ni siquiera cerca- pero como dije este no es un post para lamentarse.

El caso va a que entre más exploraba la cuestión más cuenta me daba de que no era sencilla y que el “estado del arte” estaba plagado de contradicciones internas: Por ejemplo, no entendía las drogas como movimiento contracultural, cuando nuestros padres fueron los primeros en probarlas en los 70s, o que tenía que ver la autodestrucción con la rebeldía, cuando la autodestrucción es la norma para ricos y pobres por igual (sea a través del sexo, la comida, la televisión, el odio o el estrés). todas estas contradicciones están mejor explicadas en el valiente libro “Rebelarse vende

Saqué dos cosas claras de mis investigaciones: la primera, la facilidad con la que las posturas superficiales de rebeldía se convertían en la norma, en un ciclo que permanentemente se alimentaba a sí mismo. La segunda, que fuera lo que fuera la rebeldía, yo estaba interesado en su forma platónica, y esta no podía depender de cambios generacionales. Es decir, si nuestros papás usaban la camisa por dentro pues usémosla por fuera.

Ante la falta de mejores fuentes de información o verdaderas alternativas decidí dejar por ahí la cosa. Mi carrera como rebelde había terminado. La conclusión fue que como concepto filosófico la idea de la rebeldía perfecta era tan fácil de invalidar como la idea del mal perfecto, aquel que es tan malo que se destruye a sí mismo.

II

Claude Thomas era un típico joven norteamericano de 17 años creciendo en los turbulentos sesentas. Seguramente convencido de su poder viril personal -o tal vez para constatarlo- se alistó voluntariamente a la guerra de Vietnam. Regresó a casa con heridas de bala, estrés postraumático y unas adicciones que no recordaba haber llevado consigo. Lo normal.

Recuerdo una anécdota muy conmovedora que cuenta el ahora monje zen Anshin Thomas: apenas llegó a suelo americano de regreso de la guerra, vio una joven hermosísima que se acercaba a él. Tal vez toda la locura de la guerra no había estado tan mal si esta era la recompensa. Pero cuando la mujer llegó a la suficiente distancia, le escupió en la cara. ¿Qué era lo que había hecho mal? ¿Acaso no había ido hasta al otro lado del mundo simplemente a cumplir con lo que le habían ordenado? El joven Thomas estaba perdido.

Consumido por la peor parte de sí mismo, Claude Thomas asistió a varios grupos de ayuda para veteranos (veterano él que no tenía edad para beber) y quiso la providencia que encontrara una alternativa. Quiero decir una verdadera alternativa. El precio era alto, como suele ser el precio de las cosas que valen la pena: voto de castidad y de pobreza, no más carne ni drogas, meditación constante y una vida dedicada al servicio. Es decir, los elementos de una auténtica rebeldía.

Claude Anshin Thomas visita por tercera vez consecutiva el país entre el 15 de Septiembre y el 3 de Octubre, con un mensaje muy sencillo: consciencia*. Es decir, hacer lo que sea que hagamos, entendiendo por qué (y por quién) lo hacemos.

Es decir, en todo lo que hacemos impregnar aunque sea un poco de meditación y silencio (“impecabilidad” se le llama en el teatro). Es decir, hacer lo que sea que hagamos, sabiendo que siempre es una decisión, que siempre hay otras alternativas si nos permitimos ser honestos. Tal vez esta última frase, sea la mejor definición de rebeldía que he cocinado.

Vale la pena pasar aunque sea una tarde con el monje Anshin Thomas para deleitarse en la simplicidad y falta de agenda política o ideológica de sus palabras. No hace falta cambiar de posición espiritual o falta de ella, para participar en las prácticas propuestas por Anshin: aquietamiento, silencio, consciencia, liviandad mental, madurez: son anhelos y potencialidades presentes en toda mente humana sin importar su circustancia.

Al momento de escribir esto Anshin está terminando su peregrinación por nuestro país (¡me demoré!) pero aún pueden compartir con él, el 2 y 3 de Octubre en Bogotá. Más información con estos compañeros de camino:

FUNDACIÓN PRESENCIA CONSCIENTE
ESPERANZA GONZÁLEZ
CEL. 3112584952

COMUNIDAD SOTO ZEN DE COLOMBIA
DAIREN JÁCOME
3125883023
RICARDO CORREA
3163670227

* Aunque era el día de silencio del Maestro, un viajero le suplicó que le diera un consejo que pudiera orientarlo a lo largo de toda su vida.

El Maestro asintió afablemente, tomó una hoja de papel y escribió en ella una sola palabra: “Consciencia.”

El visitante quedó perplejo. “Eso es demasiado breve. ¿No podrías ser un poco más explícito?”

El Maestro tomó de nuevo el papel y escribió: “Consciencia, consciencia, consciencia.”

“¿Pero ¿Qué significan esas palabras?”, preguntó el otro sin salir de su estupor.

El Maestro volvió a echar mano al papel y escribió: “Consciencia, consciencia, consciencia significa CONSCIENCIA.”

Escrito por populachero

septiembre 25, 2010 a 1:27 pm

Escrito en Bogotá, reflexion

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El culo de Mockus

con 3 comentarios

Es indudable que con el despegue del fenómeno Mockus-Fajardo la actual campaña presidencial entra de lleno en el terreno de lo símbolico. Porque Antanas ha sido en la vida política colombiana el maestro de los símbolos. También lo fue Uribe sólo que de una forma más maquiavelica pero también más efectiva, como si él y sus asesores hubieran sacado todo de un imaginario “Propaganda Nazi para dummies” (prólogo de Goebbels).

Porque siendo optimista, si hubo algo bueno que sacar de la pesadilla colectiva de los últimos ocho años (el “silver lining” en la “stormy cloud” de que hablan los gringos) es que la era Uribe puso sobre la mesa los verdaderos valores y sentimientos de la mayoría de los colombianos, logró destapar las alcantarilla del inconciente colectivo para que la gente de bien pudiera hablar abiertamente de, por ejemplo, un regionalismo furibundo, en especial el culto a los antioqueños como una suerte de segundo pueblo elegido, o un colonialismo recalcitrante que esconde orgulloso la cabeza en la tierra frente a la complejidad del mundo globalizado, o una necesidad fundamental de delimitar a la gente en buenos y malos sin términos medios. Y por sobre todas las cosas, una complacencia criminal con el fenómeno de las bandas de autodefensas como la demostración definitiva de que nuestra ley moral fundamental es que los fines justifican los medios (Aparte me pregunto: ¿Cuáles fines? ¿Qué se ganó en materia de progreso, equidad, institucionalidad en los últimos ocho años?).

Todo de Uribe fue la más sofiticada pantomima, que lograba que el pais entero discutiera durante semanas una palabra salida de su boca y escogida estratégicamente, como “hecatombe”. Aquí mal recuerdo un episodio sin importancia pero que se me quedó grabado precisamente como símbolo: El presidente reunido con el presidente de la Corte Suprema (¿O era de la corte constitucional? ya no recuerdo bien) en semana santa en una iglesia mayor, supuestamente para limar asperezas. A la voz de cámaras encendidas, Uribe se postró en tierra con una piedad que envidiaría el mismo Benedicto. Y el presidente de la corte, obviamente contrariado, no tuvo más remedio que arrodillarse también para seguirle la farsa.

Y por el otro lado tenemos los símbolos de Mockus. Su disfraz ajustado, su queso ornamental y su zanahoria. Su propia pantomima. Que aunque en ocasiones sea dolorosamente ridícula y despierte pena ajena, parece por lo menos honesta, abierta y con un caracter pedagógico que no puede tener el juego de máscaras uribista.

Colombia es por naturaleza un país soterrado, un pais de mantener las apariencias, de tirar la piedra y esconder la mano. De oler un pedo en el ascensor y pretender que nada pasó. De lanzar declaraciones como que tenemos el segundo himno más bello del planeta (¡por favor!), se habla el mejor español del mundo (¡argghhh!), las mujeres más bellas (¿Entonces por qué siempre gana Venezuela en Miss Universo?). En el que inclusive nos vanagloriamos del rasgo cultural que nos tiene condenados a la carcel del subdesarrollo mental: La malicia indigiena. Somos falsos y orgullosos de ello.

Por eso es que, más allá de mis preferencias políticas, le hallo un gran valor a los símbolos de Mockus en oposición a los de la gente de bien. Mockus es frágil, es vulnerable, es humano. A diferencia de la segunda venida de Jesucristo que es Uribe. El mesias del Uberrimo. Mockus se enferma, rie, llora, vive, hace el oso. Mockus tiene culo (¡Horror!) exactamente como todos los seres humanos. “Derriere” diría la gente de bien que es la que más mal hace.

Cada vez me convenzo más de que entramos en una nueva concepción de lo público y de la intimidad. Nuestras figuras pública nunca serán como antes. Y va a ser muy importante cómo manejen su humanidad. Por humanidad entiendo un cúmulo de cosas que incluye la forma en que digan y muestren “Esto es lo que soy, esto es lo que pienso, esto es lo que SIENTO”. En esta era, la posición que asumo voluntariamente frente a mis máscaras es la muestra definitiva de valor personal. ¿Qué se casó sobre un elefante? ¡Excelente! si eso era lo que realmente deseaba hacer ¿Por qué una figura pública no puede darse ese gusto? No quiere decir que todas las humanidades valgan lo mismo. Entre los excesos de playboy de Berlusconi y los orígenes tercermundistas de Barak Obama, me quedo con este último. Entre el hecho de que Uribe no use jeans y se vanaglorie de ello y el pálido culo de Mockus, prefiero siempre al más humano, el que no esconde sus sueños y sus miedos.

Paradójicamente el más normal.

(Aclaro innecesariamente que no creo que Mockus sea la mejor opción en la elección actual. Pero si la cosa va a ser entre Santos y Mockus si es sin lugar a dudas el mejor de dos males)

Escrito por populachero

abril 16, 2010 a 12:33 pm

Escrito en actualidad, colombia, opinión, politica

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