Hoy inauguramos otra sección en POPULACHERO (¿cuántas van? ¿200?) Que esperamos no abandonar como todas las anteriores. “En aquel país, en este país” es el título de un cuento del premio Nobel Yasunari Kawabata y lo tomamos como excusa para comparar los tiempos que corren en las extranjas con lo que pasa en el ex-páis del sagrado corazón. Como dicen: “Si por aquí llueve, por allá….”

La ironía política en los tiempos que corren:

Por aquí…

Mauricio Pombo escribe una columna en El Tiempo sobre la marcha del Domingo pasado, en la que se burla de la forma como la guerrilla (al igual que cualquier grupo rebelde del siglo XXI) son unos maestros en el arte del engaño, de la equivocación y de maquillar los hechos, para que terminen pareciendo unas almitas de la caridad. En resumen: Unos políticos. Pero Mauricio, en cambio de hacerlo explicítamente en el lenguaje altisonante de cualquier uribista, decide echar mano al baúl de los recuerdos y desempolva la ironía. Inconsciente de que un objeto tan anacrónico debe ser manejado con sumo cuidado, El señor Pombo escribe la columna como si fuera un comunicado de Anncol, despotricando contra la marcha y el “clamor popular” como lo llamaba mi abuelito.

Las reacciones no se hicieron esperar: Los lectores despistados, que no captaron la ironía, se dejaron venir con toda forma de insulto posible, desde el presidencial “Le voy a dar en la cara m*rica” hasta amenazas de tortura que harían ruborizar a Eli Roth.

Yo tengo que confesar que me costó hasta el segundo párrafo entender el tono irónico del texto pero de ahí en adelante pude disfrutarlo como una de las columnas más inteligentes que han aparecido en tiempos recientes. Pero dejemos eso por ahora así y veamos que paso

Por allá…

¿Adivinan de qué noticia voy a escribir? Por supuesto. La portada de la revista The New Yorker (nada menos) en la que, en pocas palabras (para no repetir lo que se puede leer y ver en 1,345,563,222 medios de comunicación) sale el candidato Obama y su esposa, en la casa blanca con pinta de ser los peores enemigos de Estados Unidos.

Y de nuevo, las reacciones no se hicieron esperar: “Les voy a dar en la cara m*ricas del New Yorker, etc.” Todo por no comprar la revista y hojearla apenas en el supermercado o en Tower Records (los pocos que quedan en E.U)

¿Qué está pasando en el mundo, Cristo bendito? Dos cosas, me parece:

Uno, las causas importan. Cómo dijo Tyler Durden en Fight Club “Somos los hijos del medio de la historia” y eso genera un sentimiento de culpa. Penn y Teller en el Bullshit de “Enviromental hysteria demuestran como se puede comprometer a alguien con una causa, sólo porque les hacían creer que era ambiental. Y firmaban de inmediato, con tal de demostrar lo comprometidos que estaban. Lo mismo pasa en la política. No quiero parecer cínico, me alegra mucho que a las generaciones xyz (incluyéndome) les empiece a interesar algo, pero el riesgo por supuesto es (y lo vivimos día a día en este país) la polarización.

Dos, la degradación de la ironía. Le cedo la palabra a Harold Bloom, en el muy recomendable prefacio de “Cómo leer y por qué“:

Como la ideología, sobre todo en sus versiones más superficiales, es especialmente nociva para la capacidad de captar y apreciar la ironía, sugiero que nuestro quinto principio para el restablecimiento de la lectura sea la recuperación de lo irónico [...] Pero con este principio me acerco a la desesperación, porque enseñarle a alguien a ser irónico es tan difícil como instruirlo para que se haga solitario. Y sin embargo la pérdida de la ironía es la muerte de la lectura y de lo que nuestras naturalezas tienen de civilizado [...]

Al final del sendero de la ironía perdida hay una pulgada última, más allá de la cual el valor literario será irrecuperable. La ironía es sólo una metáfora, y es difícil que la ironía de una edad literaria sea la de otra; no obstante, sin un renacimiento del sentido irónico se habrá perdido más que lo que llamamos “literatura imaginativa” [...]

La ironía exige un cierto nivel de atención y la habilidad de poder tener ideas antitéticas, incluso cuando éstas chocan entre sí. Despojar a la lectura de ironía implica la pérdida inmediata de toda disciplina y sorpresa. Busca todo aquello que te es cercano, que pueda ser usado para sopesar y considerar, y muy probablemente encontrarás ironía, incluso si muchos de tus profesores no saben qué es ni dónde encontrarla. La ironía limpiará tu mente de la jerga de los ideólogos y te ayudará a resplandecer como el estudioso de una vela.

¿La velocidad a la que vivimos nos está alejando peligrosamente de la ironía? Seguramente no, pero quería terminar en un tono catastrófico :P

Links de referencia:

Juan Gabriel Vasquez en El Espectador me apoya completamente. Gracias Juan. (Leí su columna después de haber escrito el post, je je)

Malinterpretaciones en Facebook

El País (España) sobre portada de New Yorker



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