P O P U L A C H E R O

Análisis incesante de los discursos populares que nos rodean

La política del ruido

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Old Fad: Being interesting. New Trend: Being loud.

via @JonasPolsky

Si me preguntaran (nadie lo hace) cuál es el signo de nuestro tiempos, o más bien, me pidieran que en una palabra expresara la complejidad cultural de la era globalizada, sería muy fácil. La palabra es ruido.

El peso del “mundanal ruido” ha preocupado desde antes de la época de Fray Luis de León, pero lo que esto significa ha cambiado.

El caso es que somos muchos, y muy diversos y muy conectados. Además somos muy políticamente correctos. El único concepto que se equipara en omnipresencia al de “ruido” es el de “tolerancia”. Y puede llegar a ser un problema.

Basta buscar una gran idea. Una forma de hacer más soportable el mundo. Una idea respaldada por datos científicos y por la experiencia. Sólo falta buscarla, para encontrar asimismo cientos de ideas opuestas. No tiene que ser buenas, pueden ser completamente ridículas pero el caso es que ahí están a un click (ya sea del ratón o del control remoto) de distancia. Luchando en “pie de igualdad” por ganar nuestra atención.Y tenemos que aceptarlas para ser tolerantes, para ser políticamente correctos.

Porque hay que entender que vivimos en una economía de la atención. Por ahora algunos verán este fenómeno restringido (o más bien, aislado) en los medios sociales, que luchan encarnizadamente por nuestra atención pero que nadie entiende cómo se capitalizan. Sin embargo, Internet y las nuevas tecnologías cambian todo, permean de alguna u otra forma todos los demás discursos. Atención, atención, atención. Después resolveremos qué hacer con ella.

El caso del diseño inteligente

Esta fue la lección que aprendieron muy bien los defensores del creacionismo en Estados Unidos. La receta que construyeron es un caso de estudio para todo aquel que tenga más ruido que ideas. Más ideologías caducas que verdaderas soluciones.

- Lo primero fue crear un nombre que tuviera un aura científica, algo que pudiera ser fácilmente transmisible y que pudiera ser tomado en serio: Diseño inteligente. Tan siglo XXI, tan generación X.

- Segundo fue dejar de estar en los extramuros. Nadie le cree al loco que anuncia todos los días en la calle el fin del mundo. Obtiene nuestra atención marginalmente, pero no nuestro interés.  Para esto basta con unos cuantos títulos universitarios. Sencillo. “Científicos” que respalden el diseño inteligente. Lo que hay que entender que esto es muy fácil: La comunidad científica es tan sólo un reflejo de la comunidad humana, con todas su mezquindades, sus escrúpulos, sus debilidades.

- El punto más importante fue no entrar a atacar directamente la teoría de  la evolución. Este el error más grande que habían cometido, polemizar. Muy inteligentemente captaron el espíritu de su época, el culto a la tolerancia que había surgido de la posguerra. “Respetamos la teoría de la evolución, consideramos que es una de las posibilidades pero no es la única (¡pero si lo es!)” dijeron y con este acto de prestidigitación lograron ponerse, por un oscuro momento en la historia de las ideas, en pie de igualdad con la evolución, aprovechando un malentendido sobre los diferentes significados de la palabra “teoría”.

- Y el Pièce de résistance hacer ruido. Hacer mucho, mucho ruido. Ruido, de nuevo, qué pena insistir en este punto, que se conecta con nuestro condicionamiento moral de dejar que todo el mundo exprese su punto de vista. Lo contrario sería facismo.

¿Y por qué debería importarnos el caso del diseño inteligente, que no ha vuelto a sonar en las noticias? Por que los colombianos y los latinoamericanos si sufrimos de una manipulación similar de parte de caducas e infantiles idealismos revolucionarios de “izquierda” que mal que bien siguen peleando en pie de igualdad con visiones más conservadores -no necesariamente neoliberales- más adultas, más compasivas e incluyentes (pero mucho menos ruidosas) de construir un proyecto de nación.

Leí alguna vez en la Gatopardo una frase de una periodista de la que desafortunadamente no recuerdo el nombre. Pero la idea se me quedó grabada por lo simple y cierta: Muchos países han realizado verdaderos milagros económicos, en pocos años han saneado sus finanzas públicas, han promovido la construcción de una infraestructura industrial que les permita ser competitivos y han atraído la inversión extranjera con reglas de juego claras. No soy un experto en el tema, pero se viene a la mente casos como el de Irlanda o Corea del sur.

Pero no han sentido la necesidad de llamarlo una revolución.

No han sentido la necesidad de canalizar el espíritu de Bolivar. Necesitamos menos revoluciones no más. Otra idea que viene a mi mente es la frase de Gabo, que lo único que necesita este país es que cada uno haga su trabajo. No más, no menos. (A propósito de personajes como el procurador que por hacer parte de su trabajo ya se convierte en un héroe, pero ya he embutido demasiados temas en este post).

La revolución es la parte que sobra. Pero es que precisamente “la revolución” es el caballo de troya del ruido. Es la forma en que muchas de las peores ideas de la historia se han viralizado.

En el caso de Colombia es mucho peor porque el ruido literalmente viene de todos lados. ¿Es que acaso no queda gente sensata en Colombia que no se adscriba a ninguno de los fanatismos imperantes? ¿Qué por no ser furibista tampoco sea mamerto? Muchisimos. Pero ¿Cómo podrían cortar a través del ruido?

La película

Todas estas reflexiones surgen a partir de la película ensalzando a las Farc, etc. que todo colombiano “de bien” tuvo que sufrir como una puñalada trapera, pero en cierta forma inevitable.

Ese es el punto. La película no tiene que ganar ningún oscar, ni ser la más vista del fin de semana de Estados Unidos. Basta que esté allí, para que todos los medios perfectamente orquestados, la magnifiquen y la instalen instantáneamente en nuestro campo de atención.

Esa es la época en que vivimos, cada uno tiene derecho a su opinión, por ofensiva y absurda que sea. Y tiene la forma de amplificar ese ruido. Ruido, ruido, ruido.

Mi conclusión es que la pregunta no es ¿Cómo evitamos que estas ideas tengan nuestra atención? sino ¿Qué hacemos ahora, entendiendo que la visibilidad de estas ideas es inevitable? Desarrollar alternativas al ruido, que no sean necesariamente más ruido, es entender la época en que vivimos.

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Tal vez no tenga que ver, pero una idea provocadora (¿o provocativa? Nunca sé) que está en el libro digital gratuito “What matters now“: Durante siglos hemos buscado la manera de ponernos todos de acuerdo. Tal vez sea el momento de buscar la manera de vivir juntos sin tener que estar de acuerdo. ¿Será posible?

Escrito por populachero

enero 9, 2010 a 3:04 pm

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