P O P U L A C H E R O

Análisis incesante de los discursos populares que nos rodean

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Trompetas en el suelo

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Parece una broma pero después de todo, pocas cosas en este subcontinente no parecen una broma. Por fin llega una de las películas más importantes del ¿año pasado?, no del antepasado ¿Qué esperaban, si no tiene un pingüino hecho por computadora que llena una trama lineal y predecible con chistes también para los adultos, que no pasan de ser una sucesión de obvias referencias culturales -que según me informan es lo que se entiende por estos días como comedia-?

Me perdí…¿Dónde estaba? Ah, si: Partidas. “Departures” para los públicos de habla inglesa, que no sufren de un ligero retardismo generalizado por causa de la desnutrición. Okuribito en el original en japonés.

Partidas; que para una película que trata sobre la muerte traza desde el mismo título una poderosa metáfora que tomará diferentes connotaciones a medida que se desarrolla la película.

¿Connota-qué? Se preguntará un indio* estúpido de esos que se asustan cuando ven un tren pasar en la pantalla de cine. No, para ellos hay que llamar la película “Violines en el cielo” tal vez para los que creen ser intelectuales en la tribu porque entienden algo de inglés, sepan que es una película de “cine-arte” y no entren por equivocación, al no dar con el número correcto de la sala, en una película de Roland Emmerich -Que nunca llamarían “fin del mundo en el cielo”, reitero, para no confundir a esos micos-.

“Violines en el cielo” porque suena como “cometas en el cielo”, que funcionó tan bien en taquilla o “los niños del cielo”. Violines porque es uno de los pocos instrumentos que reconocen además del acordeón y la rasca.

“Pero populachero, tal vez no hicieron una traducción literal del título pero aún así es relevante y coherente con la película”. Tal vez cometas en el cielo -perdón violines en el cielo- sea un buen título después de todo. Tal vez proyecta nuevas luces para la correcta interpretación de la trama. Para comprobar esa teoría no hablemos de la película misma, centrémonos apenas en el cartel promocional:

Si, veo el cielo, no parece muy importante pero está ahí. También veo el violín…esperen un momento…¿Ese violín no está como grande? ¿No será porque es un puñetero violoncello? (aquí algún purista me dirá que el cello pertenece a la familia de los violines entonces que todo bien… ¡y a quién le importa! ¡la maldita película se llama Partidas!) Ahora si hablando de la película propiamente, creo que si sale dos veces un violín es demasiado…

¿Será que estoy exagerando por sentirme ofendido? ¿Me estaré volviendo sensible con los años? La verdadera pregunta es ¿En qué época cree esta gente que estamos viviendo? Tal vez pudieron venderle a nuestro padres “Bananas” -la película más fácil de traducir de la historia- de Woody Allen como “La locura está de moda”. Tal vez le vendieron a nuestros abuelos “Some like it hot” de Billy Wilder como “Con faldas y a lo loco” pero uno esperaría que los tiempos hubieran cambiado.

No se de quién será la responsabilidad, del distribuidor o qué. Pero cuando a uno le venden el cuento de que las compañías intentan acercarse más a los usuarios a través de diferentes medios, cuando los mercados se iban a volver conversaciones, ¿Por qué persisten en este provincialismo? Después quieren que uno llore por ellos.

Entonces mi consejo es que la compren pirata, o si definitivamente quieren verla en cine, péguenle un chicle a la silla o algo, (porque por otro lado, sí es muy recomendada la película).

*Palabra indio usada sin el ánimo de ofender ¡Que vivan nuestras raíces indígenas!

Escrito por populachero

enero 18, 2010 a 9:03 pm

El ridículo del Siglo XXI

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Muchos ya habrán visto este vídeo de un pobre tipo en las noticias de City TV

Lo que en otras épocas sería un corto segmento en el especial del canal para 28 de Diciembre, ahora quedó inmortalizado en la historia reciente de la estupidez humana. ¿Cómo puede seguir con su vida normal la víctima de un oso de este tamaño en la era de los medios sociales?
Parece que ya no pasa un día sin que la ridiculez del mundo de ladrillo contamine la red social y se multiplique -como la metáfora en uso misma lo indica- con la velocidad de un virus. No habíamos terminado de burlarnos de la candidata a señorita Panamá cuando aparece tamaño papayazo de entretención para las horas muertas en la oficina. Pero volveremos a la señorita Panamá en un momento.
Lo que me he estado preguntando desde hace un tiempo es -sobre todo desde que entré en contacto con esa maravilla de la modernidad llamada Fail Blog- ¿Hay alguien que está estudiando seriamente las implicaciones que tiene este material en el significado colectivo que le damos al ridículo?
La primera vez que vi el Fail Blog fue hipnotizante. Una especie de gran fresco de la estupidez humana. En algún momento surge una intuición en la parte más recóndita del cerebro: Nadie está exento. Reconocerse en la estupidez del otro puede que sea la clave para hacernos más humanos.
¿Estaremos todos a una borrachera de distancia de la fama instantánea? Una fama paradójica porque parece que entre más difundida es, también resulta más efímera: Ya viene en la cola el siguiente gran patinazo de otro ser humano, que hasta ese momento gozaba tranquilo y confiado de su anonimato. (micro)Fama, atención y ridículo son algunas de las grandes preocupaciones de la era digital.
Alguien decía que la nueva moneda de esta nueva era es la atención. Al punto en que pasamos por esta evolución: Antes las compañías nos cobraban por darnos su atención, ahora gastan millones para crear distracciones gratis para nosotros, para captar nuestra atención, y se llega inclusive al caso de que nos paguen por nuestra atención (¿No eramos nosotros los consumidores los que pagábamos hace un tiempo a las empresas?)
Volviendo al ridículo creo en la necesaria aparición de nuevas interacciones y mitologías alrededor de nuestra alarmante capacidad de quedar como un zapato ante un público de millones. Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra. Tiene que ser así, porque una vez bajamos de los árboles para subirnos a los edificios, el miedo al ridículo reemplazo al sano y natural miedo a la muerte como el más importante en nuestra sociedad.
Recuerdo un chiste de Jerry Seinfeld en uno de sus monólogos, en que cita una estadística según la cual para los norteamericanos el mayor miedo era el miedo a hablar en público. El miedo a la muerte era el segundo. Lo que significaba que para la mayoría, si tuvieran que asistir a un funeral, preferirían estar en el ataud que leyendo el panegírico. ¿Y por qué tener miedo miedo a hablar en público si no se relaciona a un miedo más profundo, a que nuestro ego, el centro de nuestra identidad, quede por el piso? Pero es que ahora el ridículo por fin salió del conveniente closet de la anécdota familiar.
Claro que siempre tenemos la posibilidad de la candidata a señorita Panamá, quien convirtió su dolorosa interjección en una oportunidad de negocios, vendiendo camisetas con las frases de Confucio (¿Cómo nadie ha sacado una línea de camisetas con frases de reinados?) El ridículo como vitrina, en una época en que la atención es más escasa que un sacerdote sin sobrina.
Hay otra posibilidad y es que el ridículo se vuelva simplemente parte del voraz ruido informático de fondo que está consumiendo nuestras vidas, algo que ya ni valga la pena comentar en la oficina al otro día.

Escrito por populachero

junio 1, 2009 a 8:14 am

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